“Ándale, a la salida nos vemos en las enchiladas”, nos decíamos cuando estábamos a punto de salir de la escuela. Era ya como la una media de la tarde y teníamos hambre después de tantas horas de clase y de haber echado mas de dos partidos de reta en el patio de la Miguel Alemán en donde cursábamos la primaria.
Salíamos todos sudados, con el suéter amarrado en la cintura, la camisa blanca y el pantalón azul de gabardina sanforizada y con su valenciana bien hechecita y los zapatos, ¡uy ni para contarlo!, todos raspados del frente por las patadas que nos dábamos en la cascarita.
…pero bueno se acababa la clase, el maestro Nacho, nos dejaba la tarea y cogíamos nuestras mochilas hechas de cuero por Don Eustolio que tenía su talabartería ahí en la calle de Independencia (ah! porque deben saber que en la Toluca de aquellos años, las mochilas se hacían a mano de buen cuero y pesadísimas en donde cabían los cuadernos, los lápices, la botella de agua, las tortas que preparaba mi mamá y ya mas tarde hasta el suéter y las estampitas para echar volados o la tapa del zapato para jugar), nos la poníamos en la espalda y vámonos a las enchiladas.
Salíamos, bajamos las escalinatas y a la derecha y debajo de un árbol se encontraba esa anciana indígena con sus manos arrugadas, su canasta de palma tapada con una servilleta bordada a mano y dentro de la canasta, las tortillas, el cilantro, la cebolla picadita, la salsa verde de tomate (¿de que otra cosa podía ser?) y un poco de queso rallado.
La anciana siempre estaba sentada en la banqueta y solo recuerdo que siempre con un semblante triste y que poco sonreía, pero eso sí, sus enchiladas eran uniquisimas…llegábamos y le pedíamos unas enchiladas (no existía entre nosotros esas palabras de ahora de deme tres órdenes. Solo se decía deme unas enchiladas y ya se sabia que era una orden, o sea…bueno ya me hice bolas con lo sofisticado que se ha vuelto el lenguaje culinario).
…y la señora preparaba las enchiladas, sacaba un pedazo de papel estraza, bien cuadradito, sacaba una tortilla, esas si hechas de maíz, pues no existía Maseca, y las enrollaba…primero una, luego otra, y luego otro, eran tres…luego les ponía la salsita, que iba calientita, luego la cebolla, el cilantro, el queso a quien quisiera…y a comer…costaban veinte centavos las tres…pero eran una delicia cuyo sabor hasta ahora recuerdo y han sido las mejores enchiladas que he comido en la vida…nada las ha superado…
…y debo confesar que las prefería sobre otra de mis pasiones que eran las tostadas de nopales (esas que hoy que me manera horrible llaman huaraches) que en ese entonces constaban veinticinco centavos pues México tenia una moneda fuerte…era el tiempo del desarrollo estabilizador y que nos permitió crecer como clase media y como que nos sentíamos mas iguales unos a otros no como ahora que las diferencias sociales son enormes…
Mientras llegaba mi papá o mi abuelo por nosotros, porque más grandes ya nos regresábamos en camión o a pie aprovechando para pasar a ver la las niñas bonitas de la Anexa a la Normal que quedaba en la calle de Guerrero y que hoy llaman primero de mayo y en donde también había enchiladas verdes, pero nada que ver con las de la Miguel Alemán, que era mi escuela.
…comer en la calle ha sido siempre una de mis grandes pasiones…sentía tristeza por los de la México, que era algo así como para pudientes de la época, que no les vendían nada de enchiladas afuera de la escuela y no tenían oportunidad de probarlas esas delicias callejeras…
…comerlas siempre era un debate en casa y con los maestros pues nos decían, “que no ven que no se lavan las manos”, “ya viste que cambien al niño y no se lavan y luego les ponen las tostadas, las jícamas, los chicharrones o las papitas”, “que no ves que agarran las monedas y luego les sirven” …nada valía, ningún argumento era válido…nada superaba el sabor de las enchiladas verdes…
Lo que no sabían era que gracias a eso ganábamos muchos anticuerpos y por eso quienes comíamos las enchiladas en la calle somos inmunes…
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